¿Le proteges demasiado?
CRECER FELIZ
¿Por qué somos tan dadas a la preocupación y la sobreprotección? Porque la llegada del bebé nos hace vulnerables. Lo queremos tanto que desde el primer día nos acompaña el miedo de perderlo. También les pasa a los papás, pero como nosotras vivimos el crecimiento del bebé en propia piel, lo sentimos más. Por ello nos cuesta que abandone nuestros brazos, aunque lógicamente le dejamos. Le llevamos alegres a la guardería, rezando en nuestro interior para que le guste. Le dejamos dormir en casa de su amigo, sabiendo que añorará su cojín azul. Pero lo hacemos, porque no queremos que nuestros miedos entorpezcan su desarrollo.
Como todos los sentimientos, el miedo y la preocupación tienen su función: nos avisan de una posible amenaza. Elevan nuestro estadio de alerta y hacen que actuemos con acierto, como al coger al niño antes de que cruce la calle. Pero la situación cambia cuando la preocupación predomina en todo; cuando le atamos muy corto para que no corra peligro o cuando estamos tan pendientes de su felicidad que le agobiamos. En este caso le impedimos ser él mismo, descubrir el mundo y adquirir autonomía. Y es probable que a la larga le convirtamos en un niño inseguro, ansioso y sumiso.
En otras palabras: es bueno que nos preocupemos, siempre y cuando sepamos controlarnos. No todas las madres vivimos este sentimiento del mismo modo; en ello influyen los genes y la educación que hayamos recibido. Si crees que te agobias demasiado, no desesperes. Te damos varias pautas para vivir más relajada.
Acepta que la vida entraña riesgos
Una embarazada me consultó por lo siguiente: su familia había criticado mucho el nombre que había elegido para su bebé. Esto la hundió, ya que pensó: “Si no acierto ni con el nombre, ¿cómo voy a ser buena madre?”. Era una asociación de ideas ilógica, pero ella necesitaba expresar su ansiedad y su obsesión por que todo fuera perfecto.
Otra mamá, Tania, tenía un problema distinto: “Siento pánico por si mi hija, de 14 meses, se cae. No me alejo de ella por si se da un golpe”. Pronto entendió que su actitud no era buena: la niña empezaba a dar problemas, ya que reclamaba más espacio.
¿Cómo lo consigo? Reconoce lo que te causa ansiedad y exteriorízalo; compartirlo la reducirá. Anotarlo en un diario también ayuda. Tania aprendió a alejarse más de su hija, poco a poco: primero aumentó la distancia física, luego pasó ratos en otro cuarto, enseñó a dormir a la niña sin ella y la dejó unas horas con la abuela. También aprendió a no huir de su propio dolor, sino a aceptarlo. Hay que asumir que la vida tiene dificultades que no podemos ahorrar a los hijos. Si nosotros las afrontamos, les damos ejemplo de cómo hacerlo.

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